miércoles 18 de noviembre de 2009
Nos ocupamos del mar
Nos ocupamos del mar
y tenemos dividida la tarea
ella cuida de las olas
yo vigilo la marea.
Es cansado,
por eso al llegar la noche
ella descansa a mi lado,
mis ojos en su costado.
También cuidamos la tierra
y también con el trabajo dividido
yo troncos, frutos y flores,
ella riega lo escondido.
Es cansado,
por eso al llegar la noche
ella descansa a mi lado,
mis manos en su costado.
Todas las cosas tratamos
cada uno según es nuestro talante
yo lo que tiene importancia
ella todo lo importante.
Es cansado, por eso al llegar la noche
ella descansa a mi lado
y mi voz en su costado.
Javier Krahe
martes 17 de noviembre de 2009
El Alba
En las lentas madrugadas de invierno, cuando los gallos alertas ven las primeras rosas del alba y las saludan galantes, Platero, harto de dormir, rebuzna largamente. ¡Cuán dulce su lejano despertar, en la luz celeste que entra por las rendijas de la alcoba! Yo, deseoso también del día, pienso en el sol desde mi lecho mullido.
Y pienso en lo que habría sido del pobre Platero, si en vez de caer en mis manos de poeta hubiese caído en las de uno de esos carboneros que van, todavía de noche, por la dura escarcha de los caminos solitarios, a robar los pinos de los montes, o en las de uno de esos gitanos astrosos que pintan los burros y les dan arsénico y les ponen alfileres en las orejas para que no se les caigan.
Platero rebuzna de nuevo. ¿Sabrá que pienso en él? ¿Qué me importa? En la ternura del amanecer, su recuerdo me es grato como el alba. Y, gracias a Dios, él tiene una cuadra tibia y blanda como una cuna, amable como mi pensamiento.
Juan Ramón Giménez, Platero y Yo
Y pienso en lo que habría sido del pobre Platero, si en vez de caer en mis manos de poeta hubiese caído en las de uno de esos carboneros que van, todavía de noche, por la dura escarcha de los caminos solitarios, a robar los pinos de los montes, o en las de uno de esos gitanos astrosos que pintan los burros y les dan arsénico y les ponen alfileres en las orejas para que no se les caigan.
Platero rebuzna de nuevo. ¿Sabrá que pienso en él? ¿Qué me importa? En la ternura del amanecer, su recuerdo me es grato como el alba. Y, gracias a Dios, él tiene una cuadra tibia y blanda como una cuna, amable como mi pensamiento.
Juan Ramón Giménez, Platero y Yo
miércoles 11 de noviembre de 2009
jueves 17 de septiembre de 2009
Tigres del Norte - La Granja
Que George Orwell ni que nada. Esta rola sí que pega en la yaga.
Epílogo:
Epílogo:
lunes 14 de septiembre de 2009
miércoles 19 de agosto de 2009
agosto

Alquitrán en la mañana. Un invierno de humaredas. En el suelo un pañuelo verde o una lechuga muerta agusanada. Y un periódico de abrigo de un pescado. Y un andamio endeble que despide un olor a té quemado. Y un perro ciego con un niño-viejo entumecidos. Un entierro sin un muerto amortajado, con deudos que lloran de pura memoria. De cerca una fonola con ojos es un gato. ¿Qué estarán haciendo estos zapatos sin los hombres que los caminaron? Y un grito me hace pensar que la Esperanza está amarrada en esas casas del cerro donde nacerá un día un poeta Victorioso. Una campana rota tañe debajo de la tierra mientras una muchedumbre olvidadiza compra remedios, pan y talismanes a un ladrón reconocido. Y camino hasta perderme con tu rostro en los bolsillos. Y perdona que en esta hora no esté aún convencido que el corazón de la sal sea de azúcar fabricado. Vuelvo a mi pieza y no me puedo ver las manos.
Congreso, Impresiones de Agosto
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jueves 2 de julio de 2009

De aquel hombre me acuerdo y no han pasado sino dos siglos desde que lo vi, no anduvo ni a caballo ni en carroza: a puro pie deshizo las distancias y no llevaba espada ni armadura, sino redes al hombro, hacha o martillo o pala, nunca apaleó a ninguno de su especie: su hazaña fue contra el agua o la tierra, contra el trigo para que hubiera pan, contra el árbol gigante para que diera leña, contra los muros para abrir las puertas, contra la arena construyendo muros y contra el mar para hacerlo parir. Lo conocí y aún no se me borra.
Cayeron en pedazos las carrozas, la guerra destruyó puertas y muros, la ciudad fue un puñado de cenizas, se hicieron polvo todos los vestidos, y él para mí subsiste, sobrevive en la arena, cuando antes parecía todo imborrable menos él.
En el ir y venir de las familias a veces fue mi padre o mi pariente, o apenas si era él o si no era, tal vez aquél que no volvió a su casa porque el agua o la tierra lo tragaron, o lo mató una máquina o un árbol o fue aquel enlutado carpintero que iba detrás del ataúd, sin lágrimas, alguien en fin que no tenía nombre, que se llamaba metal o madera, y a quien miraron otros desde arriba sin ver la hormiga sino el hormiguero y que cuando sus pies no se movían, porque el pobre cansado había muerto, no vieron nunca que no lo veían: había ya otros pies en donde estuvo.
Los otros pies eran él mismo, también las otras manos, el hombre sucedía: cuando ya parecía transcurrido era el mismo de nuevo, allí estaba otra vez cavando tierra, cortando tela, pero sin camisa, allí estaba y no estaba, como entonces, se había ido y estaba de nuevo, y como nunca tuvo cementerio, ni tumba, ni su nombre fue grabado sobre la piedra que él cortó sudando, nunca sabía nadie que llegaba y nadie supo cuando se moría, así es que sólo cuando el pobre pudo resucitó otra vez sin ser notado.
Era el hombre sin duda, sin herencia, sin vaca, sin bandera, y no se distinguía entre los otros, los otros que eran él, desde arriba era gris como el subsuelo,
como el cuero era pardo, era amarillo cosechando trigo, era negro debajo de la mina, era color de piedra en el castillo, en el barco pesquero era color de atún
y color de caballo en la pradera: ¿cómo podía nadie distinguirlo si era el inseparable, el elemento, tierra, carbón o mar vestido de hombre?
Donde vivió crecía cuanto el hombre tocaba: la piedra hostil quebrada por sus manos, se convertía en orden y una a una formaron la recta claridad del edificio,
hizo el pan con sus manos, movilizó los trenes, se poblaron de pueblos las distancias, otros hombres crecieron, llegaron las abejas, y porque el hombre crea y multiplica la primavera caminó al mercado entre panaderías y palomas.
El padre de los panes fue olvidado, él que cortó y anduvo, machacando y abriendo surcos, acarreando arena, cuando todo existió ya no existía, él daba su existencia, eso era todo. Salió a otra parte a trabajar, y luego se fue a morir rodando como piedra del río: aguas abajo lo llevó la muerte.
Yo, que lo conocí, lo vi bajando hasta no ser sino lo que dejaba: calles que apenas pudo conocer, casas que nunca y nunca habitaría. Y vuelvo a verlo, y cada día espero. Lo veo en su ataúd y resurrecto. Lo distingo entre todos los que son sus iguales y me parece que no puede ser, que así no vamos a ninguna parte, que suceder así no tiene gloria.
Cayeron en pedazos las carrozas, la guerra destruyó puertas y muros, la ciudad fue un puñado de cenizas, se hicieron polvo todos los vestidos, y él para mí subsiste, sobrevive en la arena, cuando antes parecía todo imborrable menos él.
En el ir y venir de las familias a veces fue mi padre o mi pariente, o apenas si era él o si no era, tal vez aquél que no volvió a su casa porque el agua o la tierra lo tragaron, o lo mató una máquina o un árbol o fue aquel enlutado carpintero que iba detrás del ataúd, sin lágrimas, alguien en fin que no tenía nombre, que se llamaba metal o madera, y a quien miraron otros desde arriba sin ver la hormiga sino el hormiguero y que cuando sus pies no se movían, porque el pobre cansado había muerto, no vieron nunca que no lo veían: había ya otros pies en donde estuvo.
Los otros pies eran él mismo, también las otras manos, el hombre sucedía: cuando ya parecía transcurrido era el mismo de nuevo, allí estaba otra vez cavando tierra, cortando tela, pero sin camisa, allí estaba y no estaba, como entonces, se había ido y estaba de nuevo, y como nunca tuvo cementerio, ni tumba, ni su nombre fue grabado sobre la piedra que él cortó sudando, nunca sabía nadie que llegaba y nadie supo cuando se moría, así es que sólo cuando el pobre pudo resucitó otra vez sin ser notado.
Era el hombre sin duda, sin herencia, sin vaca, sin bandera, y no se distinguía entre los otros, los otros que eran él, desde arriba era gris como el subsuelo,
como el cuero era pardo, era amarillo cosechando trigo, era negro debajo de la mina, era color de piedra en el castillo, en el barco pesquero era color de atún
y color de caballo en la pradera: ¿cómo podía nadie distinguirlo si era el inseparable, el elemento, tierra, carbón o mar vestido de hombre?
Donde vivió crecía cuanto el hombre tocaba: la piedra hostil quebrada por sus manos, se convertía en orden y una a una formaron la recta claridad del edificio,
hizo el pan con sus manos, movilizó los trenes, se poblaron de pueblos las distancias, otros hombres crecieron, llegaron las abejas, y porque el hombre crea y multiplica la primavera caminó al mercado entre panaderías y palomas.
El padre de los panes fue olvidado, él que cortó y anduvo, machacando y abriendo surcos, acarreando arena, cuando todo existió ya no existía, él daba su existencia, eso era todo. Salió a otra parte a trabajar, y luego se fue a morir rodando como piedra del río: aguas abajo lo llevó la muerte.
Yo, que lo conocí, lo vi bajando hasta no ser sino lo que dejaba: calles que apenas pudo conocer, casas que nunca y nunca habitaría. Y vuelvo a verlo, y cada día espero. Lo veo en su ataúd y resurrecto. Lo distingo entre todos los que son sus iguales y me parece que no puede ser, que así no vamos a ninguna parte, que suceder así no tiene gloria.
Pablo Neruda, El Pueblo
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